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Nos vamos a Lisboa
jueves, 15 de junio de 2017
Metro de Lisboa
El metro está abierto de 6:30am a 1:00am, y normalmente hay un servicio de tren cada 6-9 minutos. El metro es el medio recomendado de transporte desde el aeropuerto hasta el centro de Lisboa.
Los billetes se compran en las estaciones de metro, bien en las taquillas de venta de billetes o bien en las máquinas expendedoras de billetes. Las taquillas de venta de billetes por lo general están ocupadas en las estaciones más concurridas y cerradas en las estaciones más tranquilas de metro.
Las máquinas expendedoras de billetes son fáciles de utilizar y proporcionan las instrucciones en varios idiomas, como inglés, español y portugués.
La tarifa del metro se carga en una tarjeta “Viva Viagem”, que es necesario comprar con el primer billete y que cuesta €0,50.
La tarjeta Viva Viagem es reutilizable y puede usarse para cargar diferentes tipos de billete: sencillo, de ida y vuelta, de un día, o también un bono de 10 viajes.
En el metro de Lisboa hay dos zonas con diferentes tarifas, pero todas las principales zonas turísticas, incluyendo el aeropuerto, están dentro de la zona 1. Las tarifas del metro de Lisboa para 2017 son:
€1,45 – Sencillo
€6,15 – 24 horas sin límite de viajes, incluyendo todos los autobuses y tranvías de Lisboa.
Los viajes del metro de Lisboa adquiridos se cargan en la tarjeta Viva Viagem, y los viajes no utilizados duran varios días, por lo que puede usarse el billete de vuelta al día siguiente. La tarjeta Viva Viagem también sirve para los servicios de tren y ferry de Lisboa, pero las tarifas son diferentes y los viajes no son compatibles.
Nace el Reino de Portugal
Nace el Reino de Portugal
Cuando
Alfonso VII se coronó solemnemente «emperador de toda España», hubo alguien que
aprovechó para hacer un gesto de disidencia: su primo Alfonso Enríquez, el
conde de Portugal, que ni asistió a la ceremonia ni envió a nadie en su nombre.
Enríquez
había prestado vasallaje al rey pocos años antes, pero ahora el paisaje había
cambiado: el hijo de Teresa y Raimundo, nieto de rey después de todo, estaba
dispuesto a hacer valer sus derechos.
Y
lo conseguiría: con él nacerá el Reino de Portugal.
En
esta actitud rebelde del conde portugués hay un factor que no conviene pasar
por alto: su alianza con García Ramírez de Pamplona.
Recordemos
que García de Pamplona, el nieto del Cid, nombrado rey de Navarra, también se
había apresurado a rendir vasallaje feudal a Alfonso VII; a cambio de ello
había obtenido la tenencia de Zaragoza.
Pero
después las cosas se torcieron: Roma no le reconoció como rey y, por otro lado,
Ramiro el Monje, el de Aragón, recompuso relaciones con León en perjuicio de
García.
Así
la amistad de García Ramírez con Alfonso VII se convirtió en hostilidad.
Ahora
García Ramírez era un monarca en precario; se senda injustamente tratado,
incluso traicionado por el rey de León, al que había prestado vasallaje, y no
le faltaba razón.
García
Ramírez no era un enemigo fácil.
Se
sabía en riesgo y no dejará de multiplicar los gestos ofensivos.
Cuando
vea peligrar la frontera con Castilla, intensificará las acciones bélicas en el
oeste.
Y
cuando se sienta amenazado por el este, no dudará en invadir territorios aragoneses.
En
una de estas campañas llegó incluso hasta la mismísima Jaca, la vieja capital
del Reino de Aragón.
En
otra sucesiva, denotará a las huestes de Ramón Berenguer IV en Gallur, a mitad
de camino entre Tudela y Zaragoza.
El
rey de Navarra se sabía solo.
Y
enemistado con Alfonso VII, no tardó en buscar el apoyo del otro incómodo
vecino de León: el portugués Alfonso Enríquez, que al fin y al cabo era su
aliado natural.
A
Alfonso Enríquez le venía muy bien la alianza navarra: mientras más ocupadas
estuvieran las tropas castellanas en su frontera oriental, o sea, en Pamplona,
más relajarían la presión en su frontera occidental, o sea, en Portugal.
¿Y
para qué quería Alfonso Enríquez esa libertad de movimientos? Para actuar en
Galicia, territorio al que no había renunciado.
La
enemistad de Enríquez con los condes de Traba —los que cortaban el bacalao en
Galicia— era irreductible.
Mientras
el rey de León intentaba solucionar el follón aragonés, el conde de Portugal
había intensificado las acciones militares en la frontera gallega.
Incluso
había intentado por dos veces invadir el territorio vecino.
Pero
no le acompañó el éxito: aunque en 1137 logró tomar Tuy, enseguida fue
derrotado y tuvo que aceptar una tregua.
Para
colmo de males, ese mismo verano los almorávides aprovechaban la inestabilidad
portuguesa y atacaban la fortaleza de Leiria, amenazando nada menos que Coímbra.
Alfonso
Enríquez, necesitado de auxilio, se vio obligado a prestar vasallaje a Alfonso
VII una vez más.
Probablemente
la rebeldía de Enríquez habría acabado aquí si por el camino no se hubiera
mezclado otra seria cuestión: la voluntad de las diócesis portuguesas de no
someterse al poder de Santiago de Compostela ni al de Toledo.
Aquí
ya hemos hablado de la cuestión de las diócesis y su decisiva importancia.
Las
diócesis episcopales eran la auténtica instancia de organización territorial en
la Edad Media.
Digámoslo
de este otro modo: en aquel momento la corona se ve a sí misma como la forma
política de una determinada comunidad cristiana.
Y
en Portugal ya había nacido una comunidad cristiana con rasgos singulares en
torno a las diócesis de Braga y Oporto, regidas por los obispos Paio Mendes y
Joao Peculiar.
Ambos
apoyarán a Alfonso Enríquez en su proyecto político, y Enríquez, por su parte, aprovechará
sus excelentes contactos con los cluniacenses —recordemos que su padre era
borgoñón— para reafirmar la independencia de estas sedes episcopales.
Todo
empuja al nacimiento de una realidad política nueva.
Los
obispos de Braga y Oporto han impulsado un monasterio en Coímbra, el de la
Santa Cruz, que empieza a proporcionar a Portugal un clero propio y específico.
Ese
clero propiamente portugués tiene una misión: llevar la palabra de Dios al sur,
más allá de la frontera, en las tierras que aún ocupan los moros.
Después
de la última incursión almorávide, el castillo de Leiria había quedado
destrozado.
Los
portugueses lo reconstruyeron inmediatamente: aquella plaza era la punta de
lanza hacia el sur, hacia las tierras que también aquí se llamaban la Extremadura,
sobre el horizonte del Tajo.
La
densidad de población en el Portugal viejo, entre el Miño y el Duero, en ya muy
alta.
Resultaba
preciso encontrar nuevas tierras y el sur ofrecía anchos campos por cultivar.
La
Iglesia portuguesa será la primen a la hora de impulsar aquí la Reconquista.
De
esta comunidad de intereses religiosos y políticos en un mismo territorio
nacería el Reino de Portugal.
¿Cuándo
exactamente? ¿Cuándo comenzó a llamarse «rey» a Alfonso Enríquez? Dice la
tradición que todo ocurrió después de una gran batalla, la de Ourique, en el
Alentejo, en julio de 1139.
Así
lo cuenta la leyenda: Marchaba Alfonso Enríquez en campaña por tierra de moros.
En
julio, el mes de Santiago.
Y
los portugueses lanzaban una de las habituales campañas de saqueo hacia el sur.
Pero
ese día sucedió algo nuevo.
Nuevo
y terrible: un grueso ejército musulmán, mandado por cinco reyes, salen al
encuentro de los cristianos.
Todo
se teñía de malos presagios.
¿Qué
hacer? Sólo cabía huir.
Pero
cuando todo parecía perdido ante la enorme superioridad del enemigo, Alfonso
Enríquez tuvo una visión: un coto de ángeles y el mismo Cristo le garantizaban
la victoria en el combate.
Y
el portugués dio la orden de combatir.
La
victoria portuguesa fue aplastante.
Los
moros quedaron vencidos.
Los
cinco reyes musulmanes perecieron.
Por
eso hay cinco pequeños escudetes en el escudo de Portugal: cada uno representa
a uno de esos reyes moros.
Y sobre el propio campo de
batalla, en la alegría de la victoria, los nobles y caballeros del ejeército le
proclamaron a Alfonso Enríquez rey de los portugueses.
Así
Portugal se convirtió en reino aquel 25 de julio de 1139.
Esto
es lo que cuenta la leyenda.
En
realidad, parece que las cosas fueron un poco distintas.
Alfonso
Enríquez ya se venía intitulando rey desde marzo de ese año, por lo menos.
Por
otro lado, aunque es muy probable que efectivamente se diera una batalla, no
parece que fuera en el Alentejo.
En
cuanto la visión mística del rey, se ha demostrado que es un elemento narrativo
añadido con mucha posterioridad, varios siglos después.
En
todo caso, lo cierto es que en ese contexto de expansión hacia el sur Portugal
se reconoció a sí mismo como reino.
A
partir de ese momento, Portugal llevará una vida propia.
Sigue
siendo reino vasallo de León, pero reino independiente.
Los
dos Alfonsos, los dos primos, tendrán sus más y sus menos.
Habrá
pugnas y habrá reconciliaciones.
Alfonso
de León, emperador, reconocerá a Alfonso de Portugal como rey en 1143, en el Tratado
de Zamora.
En
cuanto a Alfonso Enríquez, dirigirá personalmente la Reconquista en el oeste de
la Península.
Cuando
recale en Portugal una escuadra de cruzados ingleses y normandos que se dirigía
a Tierra Santa, Alfonso Enríquez les convencerá para que le ayuden a atacar
Lisboa.
Así
volverá a manos cristianas la que hoy es capital de Portugal.
De
todo esto ya hablaremos en su momento.
Por
ahora, quedémonos con lo esencial: a la altura de 1139-1140 nace Portugal corno
reino, y así se empieza a configurar definitivamente la España de los cinco reinos.
Dos,
León y Castilla, están juntos bajo el cetro de Alfonso VII.
Otro,
el de Navarra, logra sobrevivir en manos de García Ramírez, que, por cierto, no
tendrá más remedio que volver a rendir vasallaje —eso sí, como rey— a Alfonso
el emperador.
El
cuarto reino, Aragón, ha adquirido su forma definitiva tras la fusión de la
vieja corona aragonesa con el condado de Barcelona.
Y
el quinto reino es este Portugal que ahora amanece para la historia.
Así
tomó forma la España de los cinco reinos.
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